Una mañana lluviosa
Un sol de medianoche
Melodías de silencio
En tu boca
Y en tus ojos,
La sombra de mí
Mirada.
Una flor de terciopelo
Que desprenda
Aroma a mar
Siempre verde
Siempre cálido
Y la piel que no envejece
Porque el amor no tiene edad.
Tenerlo es tan simple
Como sentirse feliz.
Encontrarlo
cuesta tanto
Que la ansiedad
por lo perfecto
Se vuelve indescifrable.
Algo de lo que pasa por mis ojos, de lo que mis oídos escuchan, de lo que mi piel roza, de lo que mi olfato intuye y mi alma siente...Algo de Todo queda como una huella en una hoja... Cualquier similitud con la realidad es pura, pura coincidencia. Todo los escritos propios se encuentran reservados bajo la propiedad de los derechos de autor.
jueves
miércoles
Crónicas de café.
Ella llegó temprano al bar donde se habían citado, algo inusual ya que era impuntual por naturaleza, si bien salía con tiempo suficiente para llegar temprano a cualquier cita se demoraba observando por la calle a las personas, sus actitudes, sus gestos, a los niños con sus madres. Tomaba su tiempo en cruzar las avenidas, a veces esperaba hasta dos cambios de luces… rojo, verde, pero siempre había algo que la distrajera, entonces rojo, verde nuevamente, así se adelantaba entre la multitud rápidamente porque tomaba conciencia de su escases de tiempo.
Algo que solía hacer de niña y aún conservaba era la costumbre de mirar al cielo y buscar imágenes con las nubes, eso si era de día, pero si era de noche y las estrellas brillaban intentaba encontrar sus constelaciones favoritas, Orión, Osa mayor, Osa menor recordando las fábulas que su madre le contaba de niña, acerca de cómo esas hermosas estrellas habían llegado al firmamento. Le solía decir que aquellas fabulosas estrellas en algún momento, hace ya muchísimos años, habían sido personas descendientes de los más grandes dioses de la historia y que por diversos motivos que tenían que ver con el amor, la belleza o la venganza, aquellos habían elegido convertirlas en diversas constelaciones para que vivan eternamente brillantes a nuestros ojos. Así fue como inicio su pasión por la mitología, gracias a su madre.
Aquel día no hubo nada ni nadie que disperse su atención, quería llegar temprano, antes que él. Su ansiedad, sus nervios, sus ganas de verlo pudieron más que su reloj, siempre adelantado 15 minutos.
Semanas hacía desde su último encuentro, cuando se despidieron con un hasta pronto, nos hablamos, luego de pasar la noche juntos. Ella no quería irse a ese viaje obligado por trabajo, estaba aferrada a él involuntariamente, casi sin buscarlo. Pero no tuvo opción, se fue en un taxi al aeroparque y todo cambio.
Unos cuantos meses hacía que se frecuentaban en una relación poco común, en un principio desprendida sentimentalmente, con muchas inseguridades de parte de ambos y mucho miedo al fracaso.
Se escondían en un cuarto de hotel por horas, entre las sábanas se amaban, entre las sábanas también conversaban cosas superfluas, anécdotas. El le contaba acerca de sus viajes por el mundo y entre lunas y aeropuertos imaginarios el tiempo pasaba sin miramientos, sin pedirles permiso, aunque ellos no se dieran cuenta.
Entonces fue por eso, por el bendito tiempo juntos que ella lentamente sacó a la luz su verdadero yo, su personalidad y no pudo evitar lo que era predecible. Se involucro sentimentalmente, ese fue su error, su condena. Porque las reglas del juego en un principio eran claras y conjuntamente las habían acordado: “no involucrarse para no sufrir”.
Lo que no tuvieron en cuenta es que el sentir no es una ciencia exacta. No repararon que en las cuestiones del corazón dos mas dos nunca suman cuatro, obviaron por completo que hay una fuerza invisible que las personas no manejan racionalmente y no hay estrategia alguna que puedan hacer dos seres para obligarse a no enamorarse, a no sentir, a no amar y esto que era claro en el comienzo, se torno oscuro al final y le jugo a aquella mujer con alma de niña una mala pasada.
Esta breve reseña de aquella relación duró lo que tardó ella sentada en aquel bar, el mismo bar en que se encontraron por primera vez, en observar todos los detalles que le parecían importantes y que en ese primer y ocasional encuentro no advirtió, simplemente porque estaba extraviada en su mirada.
Descubrió así, antes de que llegara, que aquel bar parecía transportado de otra época a la moderna ciudad por su fachada antigua y su estructura un tanto deteriorada. Probablemente por eso le gustaba tanto. Era como una burbuja detenida en una época lejana, se sentía como ir en la dirección contraria al esnobismo de la monótona ciudad con sus torres, su tránsito siempre complicado, el stress de una jornada laboral y la contaminación sonora que aturde a cualquiera. Aquél era un bar de espaldas a la gran ciudad.
Allí se respiraba el silencio, la tranquilidad de un buen libro y el aroma que desprende el café recién molido que si bien era fuerte y gustoso no era la nota característica de aquel bello lugar. El olor que nadie puede olvidar si por allí pasa para aislarse de sus obligaciones cotidianas, es el aroma que arroja la madera recién lustrada, de esos muebles que parecían comprados de remate en el siglo XIX.
Un café, un té, un whisky, un capuccino… cada quien elegía la manera de encontrarse con uno mismo o bien de compartir su soledad con alguien.
Todos estos detalles observó mientras esperaba impaciente su llegada, que ya estaba retrasada. Aprovechó para pedir al mozo un cortado americano y siguió con su espera distraída. Fue al toilette, se retocó los labios y volvió a la mesa.
Allí estaba humeando su café y allí también estaba él, parado frente a la misma mesa que reconoció inmediatamente a pesar de su ausencia, porque sabía que había elegido aquel lugar apartado como lo hizo la primera vez que se vieron. La alegría se dibujo en su rostro cuando lo vió, lo beso, ella lo beso… el sólo poso sus labios y se sentaron uno frente al otro.
A pesar de que ella conservaba aún las formas y mantenía cierta distancia ficticia, por supuesto, se le escapo un “te extrañé” seguidamente quiso arreglar esa frase instintiva y aclaro “bueno… un poco”.
Ya no podía disimular lo que sentía y estaba dispuesta a sacrificar su carácter tímido y un tanto conservador para expresarle con dulces y delicadas palabras que lo necesitaba cerca, más cerca, dejando atrás esas reglas obtusas que por miedo e inseguridades se auto impusieron para dar paso a la entrega que hasta entonces no pasaba de una cama.
Fue así que comenzaron el diálogo un tanto ligero y por momentos obligado. Los dos tenían algo para decir, pero ninguno se animaba a dar el primer paso. La conversación desembocó en palabras superficiales y sin contenido alguno. Mientras él hablaba, ella intentaba encontrar la forma para decirle todo lo que le pasaba y tomaba fuerzas para vencer su timidez y arribar al propósito que tenía en mente.
En otra esfera del pensamiento confuso, él también intentaba encontrar las palabras justas para decirle aquello que tanto lo atormentaba, se encontraba nervioso algo poco común, debido a su basta experiencia con las mujeres, de la que a menudo se jactaba.
Era un hombre altivo, lo que se dice “de mundo”, le costaba demostrar sus sentimientos, por momentos parecía frío. Ella sabía que ese temperamento era un escudo que usaba a menudo como una manera de tomar ciertos recaudos para no sufrir, por ese motivo le restó importancia durante el tiempo que estuvieron juntos. Simplemente porque ella también tomaba los suyos, se preservaba de lo desconocido, intentaba hacerlo aunque su personalidad la guiaba hacia el camino opuesto, por lo que su escudo de mujer entrenada en cuestiones amorosas, duraba sólo unos días porque no sabía especular o mitigar emociones sólo conocía “el sentir todo”, absolutamente todo en carne viva como si fuera la última vez y lo elegía siempre antes que el vacío de la nada.
Continuaban con la charla poco fluida hasta que él mientras ella hablaba se abstrajo por un instante y se detuvo segundos nada más en observarla e intentar adivinar su universo plagado de emociones.
Sus gestos. Su mirada penetrante... era como si a través de sus ojos ella hablará otro lenguaje en disonancia con el que pronunciaban sus labios húmedos siempre color carmín. Sus ojos hablaban el lenguaje de su alma sensible, mientras que su boca a veces ingenua y otras veces peligrosa filtraba sus sentimientos escondidos. Su cabello ondulado y extremadamente largo caía por sobre su hombro descubierto rozando su cintura hasta sus caderas y que ella jugaba con sus dedos siempre que estaba nerviosa.
La observaba en silencio, atento, como le contaba de su viaje y un frío le sacudió el pecho y le llegó hasta el alma, porque en esos momentos sintió el afecto, el cariño sincero y desinteresado que probablemente nunca le había regalado una mujer y ansió sus besos, añoró sus suaves caricias, recordó los momentos más bellos que habían vivido juntos… algunos exageradamente tiernos y otros desquiciadamente pasionales y los extrañó y los deseo.
Para él, ella había sido una experiencia nueva en su vida y en sus sentimientos, una experiencia que nunca iba a olvidar. Finalmente dudo de todo lo que tenía que decirle.
Entonces dos palabras atentaron contra los labios de aquella mujer, dos palabras que desviaron rotundamente el hilo de la charla en un profundo silencio y lo sacudieron a él de aquél instante de ensueño en el cual la contemplaba, ausente de su realidad y de sus propósitos.
- Te necesito.
Así, con esas dos cálidas palabras expuso sus mas sinceros sentimientos, quedando desnuda de alma ante el mismísimo varón que segundos antes había detenido el tiempo para mirarla.
Respiro profundamente varias veces y extendió su vocabulario un poco más, sólo un poco hasta que él, ya vuelto a su realidad, la bajo de aquella nube imaginaria y apagó con un baldazo de agua helada la magia de aquella frase.
- Quiero decir que te necesito de otra forma, no sólo en mis noches, te necesito también en mis días…
El la interrumpió abruptamente:
- Por favor, espera, no sigas. No puedo, perdón. Me voy del país la semana que viene, pensé mucho al respecto y creo que es lo mejor para mí. Te lo quería decir antes, pero bueno… no tuve oportunidad. Comprendo tus sentimientos y te juro que me siento culpable. Me duele mucho tomar esta decisión, no es fácil, pero acá no veo perspectiva alguna en relación a mi futuro.
Y de nuevo el silencio fue el protagonista de aquella conversación, pero éste silencio fue diferente, fue el silencio de un adiós, un silencio preponderante en el cual ella se debatía y pensaba entre las mil palabras que tenía para decirle, decirle alguna. Pero su sorpresa fue tal que no pudo decir ni una y el silencio una vez más la hizo su más fiel prisionera y nada pudo decir.
Sus mejillas siempre rosadas pasaron a transformarse en un fatídico color pálido y su rostro quedó embalsamado, su corazón aminoró los latidos y se sintió una idiota. Se odio por ello, por sus expectativas, por creer, por sentir y sobre todo se odio por ser transparente y enseñar sus emociones sin darse cuenta de que éste era un amor perecedero.
Una lágrima asomó en sus ojos, pero inmediatamente la arrancó con sus manos, no estaba permitido llorar, no en ese momento. No frente a él.
Desenterró las pocas fuerzas que tenía alojadas en algún lugar de su ahora triste espíritu y cerró la conversación.
- (suspiro) ¡Me estás matando! después de todo este tiempo juntos, así de la nada te vas. Sin darme siquiera una oportunidad, sin dártela vos, sin darme un margen de tiempo prudente para que me adapte a tu decisión, para que la internalice.
Esta bien que te sientas culpable por mi pena, mi dolor, por la idiotez que cometí al decirte que te necesitaba, porque podías haber elegido un camino mas sincero hacía mí y no ser un vendedor de ilusiones mediocres.
No tengo más palabras, ojala seas feliz, disculpame... pero prefiero irme.
Tomó su cartera y se fue, cargando su angustia, sus por qué, su bronca y la flojedad en sus piernas, razón por la cual no pudo caminar mas de dos cuadras.
No sabía hacía adonde ir, qué hacer, qué pensar. Se encontraba desorientada de cuerpo y alma, entonces se sentó en el umbral de un edificio, se abrazo a sus piernas, agacho su cabeza y se echo a llorar.
Lloró lágrimas amargas durante un largo rato sin querer volver la cabeza de nuevo a la realidad.
Recordó los consejos de su gran amiga, cuando le decía que ella no era una heroína rusa de las novelas que estaba acostumbrada a leer, que aquellas mujeres siempre terminan mal, que sólo conocen de sufrimientos y penas.
"Alejate de ese papel en el que vos misma te pones. La vida no es una novela ni tampoco una poesía, la vida se construye con la experiencia, con los aciertos y los desaciertos"
Pero le costaba llevar a la práctica esos sabios consejos. Ella creía en el amor, necesitaba de un amor extraordinario, anárquico e ingobernable, un amor que le de forma y contenido a sus días.
Ella soñaba con una utopía, digno de un soneto shakesperiano.
Si bien reconocía la liviandad con la que actualmente se manejan las relaciones de pareja, ella buscaba algo distinto, algo que la resucite, que la despierte de su mundo adormecido. Y allí se internaba en un dilema que no sabía cómo resolver, ya que intuía que éste significado acerca del amor sólo era digno de ser escrito y no vivido, simplemente por el hecho de que encontrar algo semejante era poco posible. Intentaba en sus relaciones no idealizar, no dejar huellas de la profundidad de sus emociones, librarse al azar de la vida y que ésta la sorprenda. Hacía grandes esfuerzos para aspirar ser una mujer terrenal o mostrarse como tal, pero tarde o temprano el disfraz desaparecía, sencillamente porque su esencia era otra y ésto provocaba que el desencantamiento o la desilusión sea aún mayor, que en una mujer sin tantas ataduras y sin tanto vuelo.
Volvió la cabeza a la realidad y ya había oscurecido, sacó un espejo de su cartera y miró su rostro, su maquillaje se había corrido y como pudo lo corrigió.
Ya no podía estar acurrucada en el umbral de ese edificio, tenía que volver a su casa.
Preguntó la hora a una persona que pasaba, 9.30 de la noche, le preguntó si se encontraba bien a lo que ella respondió en tono irónico “en mi mejor momento” gracias. Se levantó, camino hacía la avenida, tuvo que pasar irremediablemente por el bar al que horas antes había llegado feliz. Observo, pero él ya no estaba allí.
Paró un taxi en la esquina, le indico las calles, siguió pensativa y desconcertada durante todo el viaje hasta su casa.
Apenas entró sonó el teléfono, pero no se animó a atender y sonó hasta que entró el contestador, era él:
- Hola cuando llegues llámame, voy a estar en mi casa. Te vi mal, no quiero verte así, estoy preocupado. No pienses que estoy bien, porque no lo estoy. Por favor llamame, voy a estar esperando.
Lo escucho una y otra vez. Su voz no era la de siempre, se notaba apagaba, se sentía triste. No mentía cuando decía que no estaba bien, pero no lo llamó y el teléfono minutos después volvió a sonar, pero tampoco atendió. Esta vez no hubo mensajes, corto.
Tenía su aroma impregnado en la ropa o mejor dicho tenía su aroma impregnado en su memoria, porque ni se habían tocado. Así era imposible arrancar su imagen de su mente. Se prendió un cigarrillo y se sirvió una copa de vino, quedó inerte intentando dilucidar el porque de su decisión. Pero seguía sintiendo su olor, la perseguía, era como si él estuviera allí, cerca de ella, invisible pero presente. Entonces intercalo unas esencias de vainilla, canela y sándalo, las puso en un hornito con una vela como si esos aromas dulces y embriagantes despejaran la amarga sensación que él le había dejado.
Esperó que la habitación se inundara con estos riquísimos olores y finalmente se recostó, quedándose dormida.
Pasó un día de aquel encuentro, pasaron dos, pasaron tres, pasaron cuatro y así en orden cronológico se dispuso a correr el tiempo desde aquella vez, obsecuente y con mucha prisa. Quería detenerlo pero corrió ligero, tan ligero que sólo podía esperar un milagro.
La rutina siguió su curso, siempre igual, siempre estática. Ella no volvió a tener contacto con él pese a los llamados que insistentemente le hacía.
Era el quinto día, su último día aquí, eso significo para ella una gran tristeza, se sintió abatida, quería despedirse, quería correr a su lado para besarlo por última vez, para decirle que sí la había hecho feliz, que lo iba a extrañar y al mismo tiempo pensaba en ¿para qué? ¿Para añadir más sufrimiento? ¿Para darle un fin a ésta historia, un fin de qué y para qué? si verdaderamente no se dieron oportunidad de comenzar. Entonces porque otorgarle un fin si nunca hubo un comienzo.
Necesitaba especular en su pensamiento para evitar irrumpir en su casa y dar rienda suelta a sus impulsos y decirle lo que nunca le dijo y tocarlo como nunca antes lo había tocado y delinear el contorno de sus facciones, de sus manos, recorrer sus dedos con las yemas templadas de los suyos de una forma casi perezosa, casi suave, casi tan delicada que sólo así, ella podría grabar todos aquellos maravillosos momentos en su memoria.
Sintió ganas de fumar, encendió un cigarrillo y registró todas las etapas de aquella relación. Se preguntaba a sí misma por qué no la había elegido, por qué se iba, pero no encontró respuesta alguna ni consuelo posible.
El timbre la despertó de su estado de letargo en el que estaba sumida. Atendió y era El. Tardó unos minutos en reaccionar ni imaginó la posibilidad de que fuera hacia su casa, pero fue a pesar de sus evasivas, de no atenderlo cuando llamaba, a pesar de que no haya contestado los mensajes, fue a verla.
Se miraron profundamente a los ojos por unos instantes, sin pronunciar palabra. Por un período de tiempo se encontraron los dos sumergidos en el espacio observándose, contemplándose el uno al otro.
- Disculpa si vine sin avisarte, pero de otra forma no me hubieras permitido verte y tenía la necesidad de hacerlo aunque fuera por última vez. Sabés que yo sí te necesito y te voy a necesitar más cuando no te tenga a mi lado, pero creo que hoy no es nuestro momento, hoy no puedo darte nada, no puedo darte todo lo que vos te mereces y no quiero que terminemos mal o con una imagen distinta a la que tuvimos al conocernos, ese momento fue mágico. No lo arruinemos...por favor.
- Yo también ansiaba verte y tampoco quiero terminar así. A veces me cuesta comprender como dos personas que estuvieron tan juntas, tan mimetizados sus cuerpos pueden al mismo tiempo estar tan separadas, pero vos elegiste irte y proyectar tu vida en otro lugar que precisamente no es el mío, elegiste otro rumbo y yo no estoy en él. Eso me hace sentir mal porque considero que intenté darte lo mejor de mí durante todo este tiempo. Me brindé ante vos de una manera transparente, te mostré mi lado más vulnerable y te regalé mis sueños. Si bien intente ser diferente, no pude y ahora me encuentro presa de mi propias emociones y por eso sufro y me lastima que te vayas, que me dejes acá y me quites el aire que me brindaste en un momento de mi vida en el que me encontraba adormecida.
Pero bueno las cartas ya están echadas y nada puedo hacer al respecto, salvo decirte lo que siento para no arrepentirme luego, cuando ya no te tenga cerca.
Tenés razón, posiblemente éste no sea "nuestro tiempo"...dejémos eso librado al azar o al destino.
- Te juro que te entiendo y no quiero lastimarte, no quiero que sufras. Los dos sabíamos, en cierta manera los límites de esta relación.
- Sí, es verdad, pero a medida que el tiempo pasa los sentimientos se transforman, mutan y contra eso nada se puede hacer. Hoy estás acá junto a mí tan cerca como antes, mañana vas a estar lejos, tan lejos que no van a caber los recuerdos en mi alma para recordarte...
Y no se pudo contener y lloró, lloró frente a él, hizo lo que estuvo tratando de evitar todo este tiempo, pero ya era tarde para retraer esas lágrimas que tanto había atesorado.
El la abrazo muy fuerte contra su pecho y ella se sintió reconfortada. Lloró largos minutos escurrida entre su ropa, se desahogo, se sintió libre, sin vergüenza por demostrar todo lo que sentía. Parecía una niña despidiendo a su primer amor, tan frágil, tan sensible.
El no dejó de abrazarla, de sostenerla y pensó si tal vez no habría tomado el camino equivocado. Pensó que uno puede vivir equivocado todo una vida y tuvo miedo de no darse cuenta a tiempo.
Cuando se calmo se miraron, le seco el rostro húmedo con sus manos, le acomodó el cabello, le apretó fuertemente las manos y la beso como si nunca la hubiera besado y la acarició como si nunca la hubiera acariciado e hicieron el amor por última vez y fue quimérico y bello.
Atravesaron la barrera de sus propios cuerpos y se entregaron el uno al otro como nunca antes lo habían hecho. Sintieron cada parte de sus cuerpos latir al unísono, olieron cada centímetro de su piel. Esa noche se amaron como nunca antes se habían amado.
Pero el tiempo es tirano, jamás da tregua , menos revancha y ellos no eran la excepción a la regla.
Un sol liviano asomó por la ventana de la habitación, indicio que la mañana había llegado, susurrándoles a los tiernos amantes que la partida estaba cerca.
La despedida le dejó a ella una sensación extraña que aún hoy, ya pasado el tiempo, no puede explicar y al él le dejó el sabor salado de sus lágrimas mientras la besaba y le decía Adiós, que aún hoy, ya pasado el tiempo recuerda.
FIN.
Algo que solía hacer de niña y aún conservaba era la costumbre de mirar al cielo y buscar imágenes con las nubes, eso si era de día, pero si era de noche y las estrellas brillaban intentaba encontrar sus constelaciones favoritas, Orión, Osa mayor, Osa menor recordando las fábulas que su madre le contaba de niña, acerca de cómo esas hermosas estrellas habían llegado al firmamento. Le solía decir que aquellas fabulosas estrellas en algún momento, hace ya muchísimos años, habían sido personas descendientes de los más grandes dioses de la historia y que por diversos motivos que tenían que ver con el amor, la belleza o la venganza, aquellos habían elegido convertirlas en diversas constelaciones para que vivan eternamente brillantes a nuestros ojos. Así fue como inicio su pasión por la mitología, gracias a su madre.
Aquel día no hubo nada ni nadie que disperse su atención, quería llegar temprano, antes que él. Su ansiedad, sus nervios, sus ganas de verlo pudieron más que su reloj, siempre adelantado 15 minutos.
Semanas hacía desde su último encuentro, cuando se despidieron con un hasta pronto, nos hablamos, luego de pasar la noche juntos. Ella no quería irse a ese viaje obligado por trabajo, estaba aferrada a él involuntariamente, casi sin buscarlo. Pero no tuvo opción, se fue en un taxi al aeroparque y todo cambio.
Unos cuantos meses hacía que se frecuentaban en una relación poco común, en un principio desprendida sentimentalmente, con muchas inseguridades de parte de ambos y mucho miedo al fracaso.
Se escondían en un cuarto de hotel por horas, entre las sábanas se amaban, entre las sábanas también conversaban cosas superfluas, anécdotas. El le contaba acerca de sus viajes por el mundo y entre lunas y aeropuertos imaginarios el tiempo pasaba sin miramientos, sin pedirles permiso, aunque ellos no se dieran cuenta.
Entonces fue por eso, por el bendito tiempo juntos que ella lentamente sacó a la luz su verdadero yo, su personalidad y no pudo evitar lo que era predecible. Se involucro sentimentalmente, ese fue su error, su condena. Porque las reglas del juego en un principio eran claras y conjuntamente las habían acordado: “no involucrarse para no sufrir”.
Lo que no tuvieron en cuenta es que el sentir no es una ciencia exacta. No repararon que en las cuestiones del corazón dos mas dos nunca suman cuatro, obviaron por completo que hay una fuerza invisible que las personas no manejan racionalmente y no hay estrategia alguna que puedan hacer dos seres para obligarse a no enamorarse, a no sentir, a no amar y esto que era claro en el comienzo, se torno oscuro al final y le jugo a aquella mujer con alma de niña una mala pasada.
Esta breve reseña de aquella relación duró lo que tardó ella sentada en aquel bar, el mismo bar en que se encontraron por primera vez, en observar todos los detalles que le parecían importantes y que en ese primer y ocasional encuentro no advirtió, simplemente porque estaba extraviada en su mirada.
Descubrió así, antes de que llegara, que aquel bar parecía transportado de otra época a la moderna ciudad por su fachada antigua y su estructura un tanto deteriorada. Probablemente por eso le gustaba tanto. Era como una burbuja detenida en una época lejana, se sentía como ir en la dirección contraria al esnobismo de la monótona ciudad con sus torres, su tránsito siempre complicado, el stress de una jornada laboral y la contaminación sonora que aturde a cualquiera. Aquél era un bar de espaldas a la gran ciudad.
Allí se respiraba el silencio, la tranquilidad de un buen libro y el aroma que desprende el café recién molido que si bien era fuerte y gustoso no era la nota característica de aquel bello lugar. El olor que nadie puede olvidar si por allí pasa para aislarse de sus obligaciones cotidianas, es el aroma que arroja la madera recién lustrada, de esos muebles que parecían comprados de remate en el siglo XIX.
Un café, un té, un whisky, un capuccino… cada quien elegía la manera de encontrarse con uno mismo o bien de compartir su soledad con alguien.
Todos estos detalles observó mientras esperaba impaciente su llegada, que ya estaba retrasada. Aprovechó para pedir al mozo un cortado americano y siguió con su espera distraída. Fue al toilette, se retocó los labios y volvió a la mesa.
Allí estaba humeando su café y allí también estaba él, parado frente a la misma mesa que reconoció inmediatamente a pesar de su ausencia, porque sabía que había elegido aquel lugar apartado como lo hizo la primera vez que se vieron. La alegría se dibujo en su rostro cuando lo vió, lo beso, ella lo beso… el sólo poso sus labios y se sentaron uno frente al otro.
A pesar de que ella conservaba aún las formas y mantenía cierta distancia ficticia, por supuesto, se le escapo un “te extrañé” seguidamente quiso arreglar esa frase instintiva y aclaro “bueno… un poco”.
Ya no podía disimular lo que sentía y estaba dispuesta a sacrificar su carácter tímido y un tanto conservador para expresarle con dulces y delicadas palabras que lo necesitaba cerca, más cerca, dejando atrás esas reglas obtusas que por miedo e inseguridades se auto impusieron para dar paso a la entrega que hasta entonces no pasaba de una cama.
Fue así que comenzaron el diálogo un tanto ligero y por momentos obligado. Los dos tenían algo para decir, pero ninguno se animaba a dar el primer paso. La conversación desembocó en palabras superficiales y sin contenido alguno. Mientras él hablaba, ella intentaba encontrar la forma para decirle todo lo que le pasaba y tomaba fuerzas para vencer su timidez y arribar al propósito que tenía en mente.
En otra esfera del pensamiento confuso, él también intentaba encontrar las palabras justas para decirle aquello que tanto lo atormentaba, se encontraba nervioso algo poco común, debido a su basta experiencia con las mujeres, de la que a menudo se jactaba.
Era un hombre altivo, lo que se dice “de mundo”, le costaba demostrar sus sentimientos, por momentos parecía frío. Ella sabía que ese temperamento era un escudo que usaba a menudo como una manera de tomar ciertos recaudos para no sufrir, por ese motivo le restó importancia durante el tiempo que estuvieron juntos. Simplemente porque ella también tomaba los suyos, se preservaba de lo desconocido, intentaba hacerlo aunque su personalidad la guiaba hacia el camino opuesto, por lo que su escudo de mujer entrenada en cuestiones amorosas, duraba sólo unos días porque no sabía especular o mitigar emociones sólo conocía “el sentir todo”, absolutamente todo en carne viva como si fuera la última vez y lo elegía siempre antes que el vacío de la nada.
Continuaban con la charla poco fluida hasta que él mientras ella hablaba se abstrajo por un instante y se detuvo segundos nada más en observarla e intentar adivinar su universo plagado de emociones.
Sus gestos. Su mirada penetrante... era como si a través de sus ojos ella hablará otro lenguaje en disonancia con el que pronunciaban sus labios húmedos siempre color carmín. Sus ojos hablaban el lenguaje de su alma sensible, mientras que su boca a veces ingenua y otras veces peligrosa filtraba sus sentimientos escondidos. Su cabello ondulado y extremadamente largo caía por sobre su hombro descubierto rozando su cintura hasta sus caderas y que ella jugaba con sus dedos siempre que estaba nerviosa.
La observaba en silencio, atento, como le contaba de su viaje y un frío le sacudió el pecho y le llegó hasta el alma, porque en esos momentos sintió el afecto, el cariño sincero y desinteresado que probablemente nunca le había regalado una mujer y ansió sus besos, añoró sus suaves caricias, recordó los momentos más bellos que habían vivido juntos… algunos exageradamente tiernos y otros desquiciadamente pasionales y los extrañó y los deseo.
Para él, ella había sido una experiencia nueva en su vida y en sus sentimientos, una experiencia que nunca iba a olvidar. Finalmente dudo de todo lo que tenía que decirle.
Entonces dos palabras atentaron contra los labios de aquella mujer, dos palabras que desviaron rotundamente el hilo de la charla en un profundo silencio y lo sacudieron a él de aquél instante de ensueño en el cual la contemplaba, ausente de su realidad y de sus propósitos.
- Te necesito.
Así, con esas dos cálidas palabras expuso sus mas sinceros sentimientos, quedando desnuda de alma ante el mismísimo varón que segundos antes había detenido el tiempo para mirarla.
Respiro profundamente varias veces y extendió su vocabulario un poco más, sólo un poco hasta que él, ya vuelto a su realidad, la bajo de aquella nube imaginaria y apagó con un baldazo de agua helada la magia de aquella frase.
- Quiero decir que te necesito de otra forma, no sólo en mis noches, te necesito también en mis días…
El la interrumpió abruptamente:
- Por favor, espera, no sigas. No puedo, perdón. Me voy del país la semana que viene, pensé mucho al respecto y creo que es lo mejor para mí. Te lo quería decir antes, pero bueno… no tuve oportunidad. Comprendo tus sentimientos y te juro que me siento culpable. Me duele mucho tomar esta decisión, no es fácil, pero acá no veo perspectiva alguna en relación a mi futuro.
Y de nuevo el silencio fue el protagonista de aquella conversación, pero éste silencio fue diferente, fue el silencio de un adiós, un silencio preponderante en el cual ella se debatía y pensaba entre las mil palabras que tenía para decirle, decirle alguna. Pero su sorpresa fue tal que no pudo decir ni una y el silencio una vez más la hizo su más fiel prisionera y nada pudo decir.
Sus mejillas siempre rosadas pasaron a transformarse en un fatídico color pálido y su rostro quedó embalsamado, su corazón aminoró los latidos y se sintió una idiota. Se odio por ello, por sus expectativas, por creer, por sentir y sobre todo se odio por ser transparente y enseñar sus emociones sin darse cuenta de que éste era un amor perecedero.
Una lágrima asomó en sus ojos, pero inmediatamente la arrancó con sus manos, no estaba permitido llorar, no en ese momento. No frente a él.
Desenterró las pocas fuerzas que tenía alojadas en algún lugar de su ahora triste espíritu y cerró la conversación.
- (suspiro) ¡Me estás matando! después de todo este tiempo juntos, así de la nada te vas. Sin darme siquiera una oportunidad, sin dártela vos, sin darme un margen de tiempo prudente para que me adapte a tu decisión, para que la internalice.
Esta bien que te sientas culpable por mi pena, mi dolor, por la idiotez que cometí al decirte que te necesitaba, porque podías haber elegido un camino mas sincero hacía mí y no ser un vendedor de ilusiones mediocres.
No tengo más palabras, ojala seas feliz, disculpame... pero prefiero irme.
Tomó su cartera y se fue, cargando su angustia, sus por qué, su bronca y la flojedad en sus piernas, razón por la cual no pudo caminar mas de dos cuadras.
No sabía hacía adonde ir, qué hacer, qué pensar. Se encontraba desorientada de cuerpo y alma, entonces se sentó en el umbral de un edificio, se abrazo a sus piernas, agacho su cabeza y se echo a llorar.
Lloró lágrimas amargas durante un largo rato sin querer volver la cabeza de nuevo a la realidad.
Recordó los consejos de su gran amiga, cuando le decía que ella no era una heroína rusa de las novelas que estaba acostumbrada a leer, que aquellas mujeres siempre terminan mal, que sólo conocen de sufrimientos y penas.
"Alejate de ese papel en el que vos misma te pones. La vida no es una novela ni tampoco una poesía, la vida se construye con la experiencia, con los aciertos y los desaciertos"
Pero le costaba llevar a la práctica esos sabios consejos. Ella creía en el amor, necesitaba de un amor extraordinario, anárquico e ingobernable, un amor que le de forma y contenido a sus días.
Ella soñaba con una utopía, digno de un soneto shakesperiano.
Si bien reconocía la liviandad con la que actualmente se manejan las relaciones de pareja, ella buscaba algo distinto, algo que la resucite, que la despierte de su mundo adormecido. Y allí se internaba en un dilema que no sabía cómo resolver, ya que intuía que éste significado acerca del amor sólo era digno de ser escrito y no vivido, simplemente por el hecho de que encontrar algo semejante era poco posible. Intentaba en sus relaciones no idealizar, no dejar huellas de la profundidad de sus emociones, librarse al azar de la vida y que ésta la sorprenda. Hacía grandes esfuerzos para aspirar ser una mujer terrenal o mostrarse como tal, pero tarde o temprano el disfraz desaparecía, sencillamente porque su esencia era otra y ésto provocaba que el desencantamiento o la desilusión sea aún mayor, que en una mujer sin tantas ataduras y sin tanto vuelo.
Volvió la cabeza a la realidad y ya había oscurecido, sacó un espejo de su cartera y miró su rostro, su maquillaje se había corrido y como pudo lo corrigió.
Ya no podía estar acurrucada en el umbral de ese edificio, tenía que volver a su casa.
Preguntó la hora a una persona que pasaba, 9.30 de la noche, le preguntó si se encontraba bien a lo que ella respondió en tono irónico “en mi mejor momento” gracias. Se levantó, camino hacía la avenida, tuvo que pasar irremediablemente por el bar al que horas antes había llegado feliz. Observo, pero él ya no estaba allí.
Paró un taxi en la esquina, le indico las calles, siguió pensativa y desconcertada durante todo el viaje hasta su casa.
Apenas entró sonó el teléfono, pero no se animó a atender y sonó hasta que entró el contestador, era él:
- Hola cuando llegues llámame, voy a estar en mi casa. Te vi mal, no quiero verte así, estoy preocupado. No pienses que estoy bien, porque no lo estoy. Por favor llamame, voy a estar esperando.
Lo escucho una y otra vez. Su voz no era la de siempre, se notaba apagaba, se sentía triste. No mentía cuando decía que no estaba bien, pero no lo llamó y el teléfono minutos después volvió a sonar, pero tampoco atendió. Esta vez no hubo mensajes, corto.
Tenía su aroma impregnado en la ropa o mejor dicho tenía su aroma impregnado en su memoria, porque ni se habían tocado. Así era imposible arrancar su imagen de su mente. Se prendió un cigarrillo y se sirvió una copa de vino, quedó inerte intentando dilucidar el porque de su decisión. Pero seguía sintiendo su olor, la perseguía, era como si él estuviera allí, cerca de ella, invisible pero presente. Entonces intercalo unas esencias de vainilla, canela y sándalo, las puso en un hornito con una vela como si esos aromas dulces y embriagantes despejaran la amarga sensación que él le había dejado.
Esperó que la habitación se inundara con estos riquísimos olores y finalmente se recostó, quedándose dormida.
Pasó un día de aquel encuentro, pasaron dos, pasaron tres, pasaron cuatro y así en orden cronológico se dispuso a correr el tiempo desde aquella vez, obsecuente y con mucha prisa. Quería detenerlo pero corrió ligero, tan ligero que sólo podía esperar un milagro.
La rutina siguió su curso, siempre igual, siempre estática. Ella no volvió a tener contacto con él pese a los llamados que insistentemente le hacía.
Era el quinto día, su último día aquí, eso significo para ella una gran tristeza, se sintió abatida, quería despedirse, quería correr a su lado para besarlo por última vez, para decirle que sí la había hecho feliz, que lo iba a extrañar y al mismo tiempo pensaba en ¿para qué? ¿Para añadir más sufrimiento? ¿Para darle un fin a ésta historia, un fin de qué y para qué? si verdaderamente no se dieron oportunidad de comenzar. Entonces porque otorgarle un fin si nunca hubo un comienzo.
Necesitaba especular en su pensamiento para evitar irrumpir en su casa y dar rienda suelta a sus impulsos y decirle lo que nunca le dijo y tocarlo como nunca antes lo había tocado y delinear el contorno de sus facciones, de sus manos, recorrer sus dedos con las yemas templadas de los suyos de una forma casi perezosa, casi suave, casi tan delicada que sólo así, ella podría grabar todos aquellos maravillosos momentos en su memoria.
Sintió ganas de fumar, encendió un cigarrillo y registró todas las etapas de aquella relación. Se preguntaba a sí misma por qué no la había elegido, por qué se iba, pero no encontró respuesta alguna ni consuelo posible.
El timbre la despertó de su estado de letargo en el que estaba sumida. Atendió y era El. Tardó unos minutos en reaccionar ni imaginó la posibilidad de que fuera hacia su casa, pero fue a pesar de sus evasivas, de no atenderlo cuando llamaba, a pesar de que no haya contestado los mensajes, fue a verla.
Se miraron profundamente a los ojos por unos instantes, sin pronunciar palabra. Por un período de tiempo se encontraron los dos sumergidos en el espacio observándose, contemplándose el uno al otro.
- Disculpa si vine sin avisarte, pero de otra forma no me hubieras permitido verte y tenía la necesidad de hacerlo aunque fuera por última vez. Sabés que yo sí te necesito y te voy a necesitar más cuando no te tenga a mi lado, pero creo que hoy no es nuestro momento, hoy no puedo darte nada, no puedo darte todo lo que vos te mereces y no quiero que terminemos mal o con una imagen distinta a la que tuvimos al conocernos, ese momento fue mágico. No lo arruinemos...por favor.
- Yo también ansiaba verte y tampoco quiero terminar así. A veces me cuesta comprender como dos personas que estuvieron tan juntas, tan mimetizados sus cuerpos pueden al mismo tiempo estar tan separadas, pero vos elegiste irte y proyectar tu vida en otro lugar que precisamente no es el mío, elegiste otro rumbo y yo no estoy en él. Eso me hace sentir mal porque considero que intenté darte lo mejor de mí durante todo este tiempo. Me brindé ante vos de una manera transparente, te mostré mi lado más vulnerable y te regalé mis sueños. Si bien intente ser diferente, no pude y ahora me encuentro presa de mi propias emociones y por eso sufro y me lastima que te vayas, que me dejes acá y me quites el aire que me brindaste en un momento de mi vida en el que me encontraba adormecida.
Pero bueno las cartas ya están echadas y nada puedo hacer al respecto, salvo decirte lo que siento para no arrepentirme luego, cuando ya no te tenga cerca.
Tenés razón, posiblemente éste no sea "nuestro tiempo"...dejémos eso librado al azar o al destino.
- Te juro que te entiendo y no quiero lastimarte, no quiero que sufras. Los dos sabíamos, en cierta manera los límites de esta relación.
- Sí, es verdad, pero a medida que el tiempo pasa los sentimientos se transforman, mutan y contra eso nada se puede hacer. Hoy estás acá junto a mí tan cerca como antes, mañana vas a estar lejos, tan lejos que no van a caber los recuerdos en mi alma para recordarte...
Y no se pudo contener y lloró, lloró frente a él, hizo lo que estuvo tratando de evitar todo este tiempo, pero ya era tarde para retraer esas lágrimas que tanto había atesorado.
El la abrazo muy fuerte contra su pecho y ella se sintió reconfortada. Lloró largos minutos escurrida entre su ropa, se desahogo, se sintió libre, sin vergüenza por demostrar todo lo que sentía. Parecía una niña despidiendo a su primer amor, tan frágil, tan sensible.
El no dejó de abrazarla, de sostenerla y pensó si tal vez no habría tomado el camino equivocado. Pensó que uno puede vivir equivocado todo una vida y tuvo miedo de no darse cuenta a tiempo.
Cuando se calmo se miraron, le seco el rostro húmedo con sus manos, le acomodó el cabello, le apretó fuertemente las manos y la beso como si nunca la hubiera besado y la acarició como si nunca la hubiera acariciado e hicieron el amor por última vez y fue quimérico y bello.
Atravesaron la barrera de sus propios cuerpos y se entregaron el uno al otro como nunca antes lo habían hecho. Sintieron cada parte de sus cuerpos latir al unísono, olieron cada centímetro de su piel. Esa noche se amaron como nunca antes se habían amado.
Pero el tiempo es tirano, jamás da tregua , menos revancha y ellos no eran la excepción a la regla.
Un sol liviano asomó por la ventana de la habitación, indicio que la mañana había llegado, susurrándoles a los tiernos amantes que la partida estaba cerca.
La despedida le dejó a ella una sensación extraña que aún hoy, ya pasado el tiempo, no puede explicar y al él le dejó el sabor salado de sus lágrimas mientras la besaba y le decía Adiós, que aún hoy, ya pasado el tiempo recuerda.
FIN.
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