domingo

ORFEO Y EURÍDICE

El amor, desengaño, la soledad, traición… han inspirado las más grandes obras.

El dolor es esa palabra mayúscula que da la premisa exacta para componer una sinfonía suprema, una imagen en un paño, palabras escritas en un libro que a medida que leemos hace que se desprendan lágrimas de aquel dolor, que el autor describió con tanta vehemencia y significancia, que nos remontamos a nuestro interior y lo contemplamos con la imaginación, como los protagonistas de esa historia viva en letras.

Aprendemos a oír las notas más suaves de una sinfonía, un adagio di Molto, como suspiran las notas de las cuerdas, como se comunican entren ellas y vibran y nos hacen vibrar de emoción, de sentimientos encontrados y opuestos, en ocasiones hasta violentos. La ligereza de golpes de arco nos trasmutan a otros universos y nos hablan en otro idioma, un idioma sin fronteras, ni limites… una lengua celestial que no todos los seres tienen el privilegio de entender, de gozar.
Y pasan los movimientos en cascadas de notas, que imploran, que desean, que nos gritan y se adormecen en nuestros oídos hasta hacerse imperceptibles… para arrancar con el arrebato de la pasión, de la excitación hacia un nuevo horizonte, en un crescendo majestuoso irrumpiendo en todos nuestros sentidos… y violines que suenan en las posiciones mas agudas preguntándose ¿Por qué no llego a tiempo aquella mujer? ¿Por qué no fue mía? ¿Por qué la dejé ir?

ORFEO

La música el arte más maravilloso, más conmovedor que pueda existir.
El arte que te da la vida en una nota y en otra te la saca desgarrándote lo más profundo de tu ser.

¿Quién mejor que El para dar cátedra a ésta lección?

  Fue la música, su descanso de alma, cuando sonaba la flauta o las cuerdas de su lira, los ríos nacían a sus pies para escucharlo, las fieras se acercaban enternecidas con sus acordes. Sus melodías eran mágicas y su voz unida al sonido de sus instrumentos cautivaba los sentidos,  tanto a los hombres, como a los dioses del Olimpo que bajaban a su encuentro para admirarlo y escuchar su talento.
  Las ninfas de los montes enamoradas de sus encantos, deseaban tenerlo y hacerlo suyo, incondicionales, devotas… hacían lo imposible para intentar robarle una caricia, una mirada.

Pero solamente una tuvo esa dicha, Eurídice, cuya modestia igualaba sus encantos. Sólo ella le pareció digna de su amor y fue así tiernamente correspondido. Fueron el uno para el otro, mientras duro. Ya que la felicidad de aquellos amantes no fue eterna y los hechos que cuenta ésta fábula hicieron que la ninfa más bella encontrara la muerte, rápidamente, pues fue mordida por una serpiente mientras paseaba por los bosques.

Orfeo ante este lamentable suceso quedó inconsolable, ya que su amor había partido hacía tierras extrañas. Intento por todos los medios implorar, ablandar a las divinidades del cielo, sin éxito alguno. Entonces y al ver que no tenía alternativa, no dudo en descender a los infiernos y suplicar del dios de los muertos que le devolviera a su querida amada.
Y fue así que continúo su camino por las riberas del Estigio clamando con su música celestial, con acentos tan dulces y enternecedores que los habitantes de las tinieblas no pudieron contener sus lágrimas ante tal desgracia y la desesperación de aquel hombre intentando recuperar a su amada.

Hasta el mismísimo Plutón se sintió conmovido y llamo a Eurídice que se hallaba solitaria entre las sombras y le concedió a la ninfa partir con Orfeo, pero bajo la condición de que él no volviera la cabeza para mirarla hasta que hubiera ella rebasado los confines del reino de los muertos. Aceptó y fue camino a su amado superando todos los obstáculos que podían obstruir su retorno.

  Estaba ya a punto de ver la luz de los cielos, la claridad del sol acentuaba su belleza, cuando Orfeo, olvidando su promesa que había jurado cumplir, y cediendo a la impaciencia de poder contemplar a su mujer… ¡Impaciencia muy digna de perdón, si los infiernos supiesen perdonar!, cuando ya sólo estaba a un paso de tenerla, vencido por su Amor, se detiene y mira hacia atrás… y en el acto Eurídice le es arrebatada. Ella le tiende sus brazos para que la rescate de las tinieblas, él quiere abrazarla, pero no puede… sólo estrecho un poco de vapor que al instante se diluyó entre sus manos. Sólo logra escuchar un largo suspiro y un adiós Eterno.

Anonadado, vencido su amor ante esta nueva desgracia, inundado sus ojos en lágrimas y consumiéndose en el dolor pasó días y noches sin probar alimento alguno e intentando en vano penetrar, por segunda vez, en la mansión de los muertos, pero fue censurado en la barbarie del abismo y no tuvo una segunda oportunidad. Orfeo subyugado y rendido en su sufrimiento emprende su vuelta, sin otra compañía que los animales y fieras que con su música amansaba.

  FIN.

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