Galatea, una de las más dulces y soñada de las
Nereidas, sentía vivo afecto por Acis, un pastor que también la amaba
tiernamente.
Pero otro ser había concebido por esta ninfa
una ardiente pasión: Polifemo, el más horroroso de los cíclopes. Tenía la
altura de una montaña, su boca se extendía hacía las orejas y en medio de la
frente surcaba su único ojo, con el que veía y controlaba todo lo que sucedía a
su alrededor. Era un ser temido, cuenta la
fábula que se situaba en los caminos mas apartados a la espera de que por allí
pasase algún viajero, lo atraía hacía su antro y mientras dormía, inerte, a causa del olor que destilaba su morada, lo
ahogaba devorando sus miembros palpitantes aún.
Polifemo con ese aspecto pavoroso y carácter
siniestro, sintió nacer un férvido y vivo amor por Galatea. Pensó que llegaría
a ser correspondido y aquel puso en juego todo lo que en sus manos estaba para
agradarle y convertirse en afecto a su amor. Modulaba dulces aires con su
instrumento de siete tubos, que el mismo había creado para impactar a la
doncella y frecuentemente se arrodillaba devotamente frente a la gruta donde la
ninfa vivía para consagrarle su eterno amor.
Pero Galatea había ya prometido su eterna
amistad a Acis y fue un día, aquel siniestro día en el cual el perturbador ser
vagaba por las orillas del mar triste y soñador, que diviso al pastor.
Exasperado al verle, lanza un grito de ira y venganza. Galatea al escuchar tan
aturdidor grito se esconde bajo las aguas, Acis huye y se esconde tras unas
cañas, pero Polifemo tan astuto y ladino descubre a su rival, toma entre sus
garras un enorme peñasco y lo lanza con toda su furia contra la frente del
pastor, causándole su muerte.
Presa Galatea ante tremenda tragedia, no pudo
contener la desesperación de aquella
partida tan cruel, y
desahuciada, su cálido rostro se deshizo
en llanto y no pudiendo restituir a su amado la vida, lo convierte en el río
que lleva su nombre, atravesando las comarcas de sicilianas.

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