martes

Incierto

Voy cruzando un campo cubierto por árboles frondosos y pastos altos.


El cielo sobre mí, convertido en noche, inundado por estrellas que resplandecen como si fueran dioses olímpicos.

Me arrastra la brisa suave y fresca de un otoño templado, transito segura, realmente me siento feliz, plena.

El olor a pasto húmedo, como si recién lo hubiesen regado, invade mis sentidos.

Lo cierto es que yo no me veo, sólo gozo de sensaciones, únicamente veo campo y más campo, cielo y más cielo.

Voy ligera, volátil no sé a qué lugar. Sigo camino rumbo a lo desconocido, como un alma que flota por los recovecos de un cementerio.

Voy en soledad hacia algo que ignoro y le canto a la dicha por lo que descubriste en mí, canto por los secretos que tu cuerpo me han revelado.

De todas formas tengo el presentimiento que algo no marcha bien, aunque una sonrisa se dibuje en mi rostro, siento que mi felicidad se interrumpe por algo, por alguien, no alcanzo a distinguir bien con tanta oscuridad, que deja de ser ya mi compañera.

Me asusto y aligero el paso, mi corazón comienza a palpitar rápido, tan rápido que logro escucharlo.

Algo me alcanza, pero no observo nada de nada, sólo escucho los gemidos extraños de algo que me llama y pronuncia mi nombre, como un eco sobre el abismo, su respiración agitada y profunda me acosa. Estoy sola en un campo, ahora desierto, que me traga en la magnitud de la noche.

El miedo me paraliza y lloro. Siento que algo continúa respirando muy cerca de mi, lo siento, percibo su olor y Él percibe mi miedo. Corro, corro con la urgencia de llegar a algún destino que me guarde y proteja. Ya estoy muy cansada y mi cuerpo se rinde, no responde. Me doy cuenta que no tengo escapatoria, por más veloz que sea mi paso siempre vuelvo al mismo lugar, al lugar donde aquel me espera.

Intento por todos los medios seguir alerta, en definitiva mi felicidad termina por diluirse, como se diluye un color en el agua y el desconsuelo me hace su víctima. REZO!!

¡Ahora sí los veo! Veo unos ojos irritados, llenos de cólera que se acercan. Se aproximan seguros y potentes, especulan con mi temor y llegan frente a mí. Las garras sigilosamente se despiertan, brillan como el marfil en la noche, esa noche que fue de encantos y ahora es de tinieblas, me seducen, quieren que me entregue.

Ahora estoy serena, pero tengo mucho frío. Siento las garras traspasar mi piel, como se hincan y sacuden mi cuerpo. La sangre empaña el verdor de los campos y caigo abatida, como en un sueño. Sin luchar me someto a la sola voluntad de la fiera que no deja de corroer, gustosa, en la profundidad de mi piel desnuda. Ya satisfecha me abandona.

Ya no siento el olor húmedo de los campos, ya no veo el cielo con sus astros ordenados poéticamente. Sólo siento como la sangre bautiza el suelo, ya no es un pastizal frondoso sino un mármol helado debajo de mi cuerpo.

Sigo consciente y alimento mis pensamientos con interrogantes que ya no valen la pena.

La vida te confiesa sus placeres exquisitos, te declara momentos eternos que duran instantes, te deleita en la tragedia con el placer de la gloria, para luego en segundos despojarte de todo aquello, dejando desamparada mi alma, ahora cuando mis ojos ya se duermen.

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