miércoles

La Niña Devota

Veo un corredor largo y percibo un olor nauseabundo, el agua podrida fluye y todo está bajo la tierra.


Allí abajo, una niña se lamenta, se encuentra arrodillada ante una imagen, creo que es la imagen de una virgen. Ella reza apasionadamente, con su voz y con su cuerpo, se estremece, implora y susurra unas melodías que sólo ella conoce.

Pero de repente y sin avisar una corriente de aire arroja sin permiso la imagen de la divinidad al agua putrefacta, la tira como con un golpe de puño del pequeño altar que la niña había construído con tanto esmero y dedicación.

Ella queda paralizada al observar como se sumerge lentamente bajo el agua (aunque a eso no puedo llamarlo “agua”, era más bien un líquido inmundo y viscoso que pareciera cobrar vida ante la tragedia) y se desata en llanto, en un llanto mortífero. La ira la posee y le arrebata la cordura, porque cada vez se inclina un poco más ante ese riacho traicionero exigiéndole el retorno de su mísera estampita.

La pobre esta como ida, como sustraída por algo que nunca llegué a comprender, pareciera que necesita más que nunca de esa fe que deposita incondicionalmente en un papel con la figura de la virgen, de su virgen.

- ¡Pobre niña!¡CUIDADO! (quise gritar)

Esta cegada ante el peligro, no domina sus impulsos y se sigue inclinando más y más, de rodillas estira sus brazos, entre sollozos agacha su cuerpo y hunde la cabeza en el agua.

- ¡Sólo quiere recuperar esa bendita estampita!

Un acto de tanta simpleza que internamente conlleva un acto complejo que se reduce a la locura. Finalmente cae y yo nada pude hacer, salvo mirar como un vil fisgón.

El agua la devora como si fuera una venganza a los gritos pronunciados por la niña y no tiene piedad alguna de su inocencia y de su frágil fe.

Es sólo una niña, una niña desdichada.

- ¡AYUDA, AYUDA, necesito ayuda! Pensé en voz alta.

¿Cuál sería su fe? ¿Qué promesa habrá hecho para cometer semejante acto de demencia?

Yo quede paralizado... inmóvil.

Por una abertura había observado todo, pero nada pude hacer mi cuerpo no pasaba por ese maldito agujero, sí el de ella que era muy pequeñito y delgado.

Quede atormentado, sin comer, sin dormir por días enteros. En mi cabeza sólo tenía presente la imagen de la niña arrodillada, perturbada, rogando a su Dios, suplicando perdón por una promesa que no había podido cumplir, meciéndose continuamente con las manitos cruzadas y con la mirada fija y extraviada hacia el altar que allí abajo había improvisado con una caja de cartón, papel de diario y unas velitas usadas.

Paso el tiempo, poco tiempo, aunque para mi fue una eternidad. Mi angustia no cesaba, se incrementaba cada vez un poco más. Había bajado de peso, mi semblante era aterrador, no tenía fuerzas para levantarme de la cama y menos para ir a trabajar.

Alucinaba con la pequeña, soñaba con ella dormido y despierto. Me sentía realmente aturdido, culpable por no haberla auxiliado, por no rescatarla de tanta oscuridad.

¡Fuí espectador y fuí un cobarde!

Pasados los días no tuve más remedio que retomar algo de lo que quedaba de mi vida y salí a la calle, salí muy tímidamente, pero parece que todo estaba cruelmente premeditado. No hice más que caminar dos cuadras por la avenida cuando veo un tumulto de gente agolpada como bestias, me acerque y ví el espectáculo más horroroso de toda mi existencia. Allí estaba tendido sobre la desembocadura de aquel corredor diabólico el cuerpo sin vida de la chiquilla, así fue que me reencontré con ella.

Que espanto fue ver ese frágil cuerpo, frío, hinchado, morado, en total estado de descomposición.

- ¡Cuánto habrá sufrido!

Pensar que en algún momento ese cuerpo se estremeció con el correr de sus lágrimas. Imagino sus pómulos rosados, escucho sus latidos como acompañan el ritmo de un juego de niños.Imagino que en algún momento pudo haber sido feliz.

Caí inconsciente, presa del terror de mis pensamientos.

Cuando desperté estaba en el hospital, me dolía mucho la cabeza. Se ve que al desplomarse mi cuerpo la cabeza pegó contra el suelo porque también tenía una herida, bastante profunda, que los médicos se encargaron de curar. Aún así todo daba vueltas sobre mí.

Me encontraba sumamente fatigado y desconcertado. Tenía la boca seca y no podía emitir ninguna palabra... sólo jadeaba y daba bruscas palmadas sobre mi pecho como para poder escupir algo, como para poder escupir algo de la angustia que oprimía mi alma.

-¡Quiero agua! ¡Denme agua!

Empecé a querer gritar, pero apenas podía escucharlo yo mismo. De todas formas estaba completamente sólo en ese cuarto azulejado de hospital.

Mis latidos se aceleraban cada vez más, con mayor frecuencia. Necesitaba beber agua, agua pura, agua fresca y limpia.

Al lado de la cama había una mesa y sobre ella veo un vaso lleno con agua. Lo agarro enojado por no haberlo visto antes, ya que hubiese ahorrado tiempo y angustia, y bebo, bebo con necesidad, como nunca antes lo hubiese hecho y con la desesperación de querer hasta la última gota de agua.

Una vez saciado, ya más relajado, apoyo el vaso sobre la mesa y fue ahí, en ese instante que un sudor frío recorrió todo mi cuerpo. Lo sentí paralizado, no podía mover mis extremidades, mis brazos, mis piernas estaban entumecidas por completo. Sentí como mi alma se desprendió súbitamente de mi cuerpo hacia la nada.

Yo no soy creyente, ¡hasta ahora!, pero en aquel momento grite, grite ¡¡DIOS MIO!!

Sobre la mesa apoyada estaba la imagen de la Virgen que la niña devota adoro hasta la muerte, aún se encontraba húmeda y mantenía el olor del agua podrida.

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