Constantemente sufro alucinaciones
y se perfectamente que ellas
son mis quimeras.
Me convierto en sacerdote que rinde culto
a lo utópico,
A la paradoja trascendental de la vida.
Un desamparado que pide limosnas
a las almas muertas
y se confiesa con las manos cruzadas
ante el público invisible
que lo alienta.
Cercada por el insomnio de la vida,
reprocho sus excesos
aunque cautivada por encontrarlos
me someto a las contradicciones mas profundas
y secretas.
Inmaculada la piel
Intuyo el olor a la desidia
Sufro por ello, huyo, temo,
Y ofrezco un sacrificio para
apaciguar la furia y la impaciencia.
A mis oídos llega la majestuosa
Música de las cuerdas,
frotadas en un vaivén dionisíaco,
entre encantos y súplicas aflora
El vibrato...
delicado... débil,
De un toque sublime.
El Adagio
Instante glorioso, donde la oración se acerca,
Donde lo inmortal y lo terreno se fusionan
en un alarido desgarrador
o en el canto de un coro de sirenas.
Allí encuentro la paz.
Por momentos, allí también la pierdo.
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