martes

Había una vez...

Cenizas hay en el lecho.
Las cenizas de una virgen
que han enterrado viva
bajo las catacumbas del infierno.

Su mortaja era blanca
como su rostro Divino,
eligió el camino equivocado
y por ello la juzgaron
¡No escucharon al destino!

Sus gritos se anclaron desde el cielo azul.
Sus lágrimas de sangre
bañaron el río
y sus aguas se tiñeron de rojo
por la pasión que llevaba en su pecho.

Pasión por el hombre equivocado,
que nunca, nunca
tendría que haber mirado.
Aquello fue la causa de su martirio,
de su pena.

Ni siquiera conoció el néctar de su boca
y el placer de sus caricias.
El no llegó a oler su piel...
No llegó a ver su rostro pálido al amanecer.

Y porque todo iba a suceder
el tiempo fue tirano,
¡Intrépido!
No tuvo piedad
y la arranco, como una presa,
de su lado.

Sus últimas palabras fueron: Te amo, Siempre...

Y se entrego segura
a la muerte que ya la estaba aguardando
serena, cauta le tendió sus manos.

El jamás pudo olvidarla,
la recordaba caminando
por aquel sendero infernal
con su túnica blanca
y su figura de ensueño,
llevando en la mano un lirio
y en el alma sufrida
el estigma de ser una mujer
a los Dioses consagrada,

Condenada por sus pensamientos bellos .

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